Porque para viajar también hay que estar dispuestos a aprender

Cuando yo era niña, mis padres se hacían cargo prácticamente de todo durante nuestros viajes. Mi única obligación era mantenerme siempre cerca de ellos. No tenía que preocuparme por empacar mi maleta, mucho menos por cargarla. Tampoco revisaba la vigencia de mi pasaporte o de mi visa, ni pensaba en trámites, formatos o reservaciones.

Al llegar a los mostradores, ellos contestaban las preguntas, llenaban los documentos, recogían las maletas, buscaban el automóvil que habíamos rentado y resolvían cada detalle necesario. Una vez que todo estaba listo, para mí comenzaba la diversión.

Aun así, después de observar muchas veces todo ese proceso, yo podía decirles que estaba aburrida, cansada o que tenía hambre. Ellos buscaban la manera de hacerme sentir más cómoda y, cuando no era posible, me pedían que tuviera paciencia y les permitiera terminar algún trámite o llegar al siguiente punto del recorrido.

Con el paso de los años, llegó la oportunidad de realizar mi primer viaje sin mis padres. Entonces me tocó hacerme cargo de toda la logística: preparar un presupuesto para pagar el vuelo, buscar un hotel accesible y cercano a la zona que quería conocer, investigar opciones de transporte seguro, organizar dónde iba a comer y calcular cuánto dinero podía destinar a gustos, detalles y recuerdos.

Lo que yo todavía no sabía era que eso no era todo.

También debía empacar únicamente lo necesario, elegir productos de no más de 100 ml para pasar por seguridad con mi equipaje de mano, cuidar mis documentos de identificación, llenar formatos, hacer el check-in, recoger mi maleta y, sobre todo, hacerme responsable de mí misma.

Fue entonces cuando comencé a comprender el verdadero sentido de viajar.

Para mí, viajar significa acercarnos a otros mundos, culturas, tradiciones y maneras de pensar. Es salir de la rutina, aprender a desenvolvernos con las herramientas que llevamos en la maleta y enfrentarnos a sistemas, reglas y formas de comunicación que pueden ser diferentes a las que conocemos. También significa romper prejuicios y reconocer ciertas dependencias que, sin darnos cuenta, hemos adquirido desde pequeños.

En la actualidad, como responsable de los viajes escolares, tengo la oportunidad de observar este proceso en nuestros estudiantes.

En cada campamento, excursión o viaje de graduación, los alumnos llegan a la escuela o al aeropuerto acompañados por sus familias. En muchas ocasiones, sus padres todavía los ayudan a cargar las maletas, revisar sus documentos o confirmar que no hayan olvidado nada. Sin embargo, en cuanto suben al camión o atraviesan el filtro de seguridad del aeropuerto, comienza para ellos una experiencia distinta.

Poco a poco comprenden que ahora deben hacerse responsables de sus pertenencias, administrar su dinero, respetar horarios, comunicar cuando necesitan ayuda y atender sus propias necesidades. Aunque viajan acompañados por maestros y dentro de entornos previamente organizados y supervisados, también forman parte de un grupo en el que cada persona tiene gustos, preferencias y necesidades diferentes.

Por eso, viajar también les enseña a adaptarse. No siempre se puede hacer todo en el momento en que cada persona lo desea. En ocasiones es necesario esperar, ceder, escuchar, negociar, cambiar de plan o aceptar que una experiencia grupal requiere paciencia y consideración hacia los demás.

Como acompañantes, tenemos la oportunidad de verlos enfrentar y superar estos pequeños retos. Los observamos disfrutar, integrarse, desarrollar su creatividad, participar en actividades que nunca habían realizado y descubrir habilidades que quizá no sabían que tenían.

También los vemos extrañar, cansarse, frustrarse y buscar apoyo. Y eso forma parte del aprendizaje.

Ser autosuficientes no significa hacerlo todo solos. Significa reconocer nuestras capacidades, pedir ayuda cuando la necesitamos, tomar decisiones y asumir la responsabilidad de nuestros actos.

Cada una de las tres experiencias que ofrecemos en DiME aporta aprendizajes diferentes. El campamento fortalece la convivencia, la confianza y el trabajo en equipo. La excursión permite aprender fuera del aula, conocer nuevos espacios y adaptarse a una dinámica distinta. El viaje de graduación representa el cierre de una etapa, una celebración compartida y una oportunidad para poner en práctica la independencia que los estudiantes han desarrollado con el paso de los años.

Sin importar la duración o el destino, cada experiencia les permite crecer.

Viajar abre el mundo, cultiva y emociona, pero también ayuda a descubrir aspectos de nuestra persona que quizá todavía no conocíamos. Los estudiantes aprenden a ser más responsables, organizados e independientes. Aprenden a administrar sus recursos, cuidar sus pertenencias, convivir con otros y darse cuenta de que son capaces de resolver distintas situaciones.

Quizá eso sea lo más valioso de viajar: regresar a casa con nuevos recuerdos, pero también un poco más conscientes, más seguros y más capaces.

Como padres, permitir que sus hijos vivan una experiencia lejos de casa no siempre es sencillo. Es natural sentir preocupación, tener dudas y preguntarse si estarán bien. Dejarlos ir implica confiar, soltar un poco y reconocer que están creciendo.

Sin embargo, también representa la oportunidad de que descubran sus capacidades dentro de un entorno cuidado, organizado y acompañado por personas comprometidas con su bienestar.

En ocasiones, un pequeño impulso, el acompañamiento adecuado y la confianza de sus familias son suficientes para animarlos a vivir experiencias que nunca imaginaron posibles. Al final, el mejor recuerdo de un viaje no siempre es el lugar que visitamos, sino la persona en la que nos convertimos después de vivirlo.

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Sofía Peralta Ponce