
Cuando era niño, soñaba con estudiar en Harvard. No por el nombre ni por el prestigio, sino por la idea de aprender de quienes se dedican a ir más allá. Ese sueño se quedó guardado muchos años, hasta que la vida me llevó por caminos distintos. Volver ahí después de 36 años, para estudiar negociación, fue muy simbólico. No como un logro personal, sino como una confirmación de algo que es mi motor de vida: seguir aprendiendo es una responsabilidad cuando educamos a otros(as).
Antes del curso, tenía varios supuestos que hoy cuestiono. Pensaba que negociar era algo que se activaba solo en momentos grandes, tensos o “importantes”. Creía que negociar era defender una postura con firmeza, incluso con dureza, y que la emoción debía quedarse fuera para no “estorbar”. Y, como muchos, asumía que negociar bien era llegar a un acuerdo que generara un ganar - ganar.
Hoy pienso distinto.
Lo primero que entendí es que negociamos todo el tiempo. Negociamos cuando escuchamos o interrumpimos. Cuando preguntamos o asumimos. Cuando explicamos una decisión o la imponemos. En casa, en la escuela, en el trabajo.
Negociar no es una técnica, es una habilidad transversal para la vida.
Lo segundo fue entender que muchas veces no nos conflictúan las decisiones, sino las interpretaciones. La mayoría de los roces no nacen de mala intención, sino de no saber qué está cuidando la otra persona. Cuando dejamos de pelear por “lo que quiero” y empezamos a escuchar “por qué lo necesito”, la conversación cambia.
También aprendí que negociar no es ceder ni ganar. Es construir acuerdos que se sostengan en el tiempo, porque respetan a las personas involucradas. En una comunidad educativa, esto es muy importante. Seguimos conviviendo después de la conversación difícil. Lo que se rompe en el trato no se arregla con un acuerdo firmado.
Pero quizá lo más poderoso no vino del salón de clases, sino de algo que confirmé al volver a casa: mis hijos son mi mejor prueba.
Todo lo que aprendí en Harvard lo ensayo primero con ellos. Cuando estoy cansado y quiero imponer. Cuando me doy cuenta de que no escuché del todo. Cuando pregunto esperando una respuesta… y me dan otra. Ahí recuerdo que negociar también es aprender a mirar desde el cerebro del que aprende.
Hay una idea que siempre me ha acompañado del Mtro. José Antonio Fernández , inspirada en experiencias con niños y jóvenes y que hoy cobra aún más sentido. Una vez, un adulto preguntó a un niño: “Si tienes tres caramelos, ¿te puedes comer cinco?”. El niño respondió: “No, porque vomito”. Al inicio, el adulto pensó que no razonaba. Después entendió algo más profundo: el niño sí razonaba, solo que desde su experiencia. No estaba resolviendo un problema matemático, estaba cuidando su cuerpo.
Eso mismo pasa en la negociación y en la educación. Cuando la respuesta no es la que esperábamos, tendemos a corregir a la otra persona. Pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué lógica hay detrás de lo que dijo.
Los niños también enseñan esto: escuchar no es solo oír palabras, es preguntarse por qué dicen lo que dicen y por qué hacen lo que hacen.
En DiME, este aprendizaje se vuelve un compromiso institucional. Queremos formar alumnos(as) con habilidades transversales para la vida: saber dialogar, manejar el desacuerdo, expresar lo que sienten sin lastimar, sostener límites con respeto y construir acuerdos justos. Eso no se enseña con discursos, se enseña con práctica diaria y con adultos que también están aprendiendo.
Por eso, aprender negociación no fue aprender a “ganar conversaciones”. Fue aprender a aprender mejor, a enseñar desde la mirada del otro y a reconocer que la práctica es el mejor maestro. Y que, muchas veces, quienes más nos enseñan no están frente a un pizarrón, sino sentados en casa, haciéndonos preguntas inesperadas.
Hoy vuelvo de Harvard con gratitud, con humildad y con la certeza de que seguir aprendiendo, escuchando y ajustando es parte de educar. Y de vivir.
Roberto O.